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24 horas en Dublín

Una ciudad como Dublín, tan bien equipada como está de historia, monumentos y toda clase de lugares que aúnan tradición, cultura y diversión, requeriría por lo general varios días de visita para sacarle el máximo partido, pero cierto es también que con solo 24 horas a tu disposición podrás hacerte una idea muy clara de por qué la capital irlandesa se destaca a día de hoy como uno de los destinos turísticos más interesantes y atractivos del continente europeo.

Por eso, en las siguientes líneas expondremos algunos de los muchos atractivos que presenta la urbe para aquellos que solo dispongan de unas horas para recorrerla y, aun así, quieran descubrir en primera persona por qué enamora a todo aquel que puede admirarla con sus propios ojos. Para ello, lo más recomendable es iniciar la ruta en el mismo centro de la ciudad, nada menos que en el majestuoso Trinity College.

Esta institución se ha destacado a lo largo de los tiempos como uno de los centros universitarios más prestigiosos y longevos del mundo, así como uno de los espacios arquitectónicos más impresionantes de Dublín y, ante todo, un templo del saber que atesora en su centenaria biblioteca, entre otras joyas, el Gran Evangelario de Columbia: un manuscrito en latín del siglo IX que contiene los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento y cuya ornamentación y acabado lo convierten en una de las grandes obras de arte literario de la Antigüedad.

Tras asimilar semejante dosis de cultura, arte y conocimientos, vendrá muy bien tomarse un descanso y despejarse con un agradable paseo por la calle comercial por excelencia de Dublín, Grafton Street, que desemboca en uno de los parques más queridos por sus ciudadanos y, como suelen apuntar muchos de ellos, el principal remanso de paz que se puede encontrar en el centro urbano, St. Stephen's Green: dedica unos minutos a tomar el sol en sus jardines, alimentar a los patos, recorrer el río que lo atraviesa y, por supuesto, admirar la estatua de Oscar Wilde en la esquina que lo conecta a la plaza Merrion.

Una vez recuperadas las fuerzas, tomaremos un taxi o un autobús para trasladarnos al otro lado de la ciudad y conocer en profundidad otro de los 'templos' de la cultura popular irlandesa, la fábrica de cerveza Guinness, reconvertida ahora en un imponente museo donde descubrir la dilatada trayectoria de la marca, el proceso de elaboración de la bebida y, una vez terminado el recorrido en el mirador situado en lo más alto del edificio -el llamado Gravity Bar-, saborear una buena pinta mientras disfrutas de la mejor vista aérea que ofrece la ciudad.

Desde ahí volveremos a sumergirnos en la rica historia de la ciudad con la imprescindible visita al Castillo de Dublín y a la Catedral de San Patricio, dos de los símbolos más reconocibles de la capital irlandesa y de su agitado pasado político y social. El primero de estos edificios fue fundado en 1204 y, hasta que Irlanda recuperó la independencia, fue utilizado por el gobierno británico como principal sede de su administración en el país, mientras que la también llamada 'Catedral Nacional' conforma uno de los ejemplos más representativos y excelsos de la arquitectura gótica y, como se desprende de su apelativo, proyecta con fidelidad la identidad religiosa y cultural de la nación irlandesa.

Para cerrar la jornada, qué mejor que caminar hasta uno de los distritos más animados y coloridos de Dublín, Temple Bar -lleno de acogedores pubs como el que da nombre a la zona, así como numerosos restaurantes y discotecas-, para conocer de primera mano el carácter desenfadado y extrovertido de nuestros anfitriones.

Y es que lejos de reforzar aquellos clichés que han tenido que soportar los irlandeses a lo largo de su historia, una visita a sus pubs más característicos lleva aparejada una inolvidable lección sobre tradición cervecera, música popular y aquellos mitos y leyendas que, al margen de si son ciertos o no, revelan tanto sobre la idiosincrasia del país como su realidad histórica.

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